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La poesía por espejo

Por Angel Marqués Dols
Colaborador de la Página Web


- Una joven investigadora cubana enlaza la escritura de dos grandes de las letras nacionales del siglo XX-


José Lezama Lima Parecía que vivían en planetas literarios distintos, que una amaba la sobriedad y el otro la desmesura de las palabras, pero sus novelas respectivas, Jardín y Paradiso, con polaridades opuestas, los conectaron mediante el único modo en que podía ser: la poesía. Al fin y al cabo, eran dos poetas que escribían prosa y nunca pudieron evitarlo.

“Es muy interesante ver como un poeta va a la novela. El poeta nunca deja de ser poeta, está la poesía en todo lo que escribe, ya sea una carta, un ensayo, y eso le pasa a Lezama cuando leemos su ensayística y le pasa a Dulce María en todos sus textos”, asegura Carmen María Torres Ruisánchez.

Profesora de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, Torres Ruisánchez es autora de la ponencia José Lezama Lima y Dulce María Loynaz: diálogos a destiempo entre la imagen y la luz. “ Hay una marca especial compartida que es toda la conformación de una imagen”, certifica.

La investigadora examinó posibles vecindades estéticas entre ambos autores tomando como modelos Noche dichosa, un poema en prosa de Lezama que aparece publicado en su libro La fijeza, y los poemas Duda y el 68 y el 73 del libro Poemas sin nombre, de la Loynaz.

“En este trabajo sólo analizo las perspectivas que ambos tienen sobre la poesía, que tienen características comunes y diferentes, porque son deudores de corrientes literarias distintas – Dulce María va más hacia el modernismo, mientras que Lezama es deudor de la vanguardia de toda una serie de experimentaciones que Dulce María no comparte- . Sin embargo, en los poemas que utilizo como objeto de estudio tienen en sí una historia, una narrativa y conversan uno con otro temática, simbólica y semióticamente”, detalla la investigadora.

Al margen de sus credos y estilos literarios, una raya común atraviesa sus biográficas. Con ocho años de diferencia, Loynaz 1902, Lezama 1910, nacieron en La Habana y también murieron en la misma ciudad, de padres militares- el de ella general de la guerra de independencia, el de él coronel de artillería del ejército republicano-. Los dos son escritores católicos y graduados en Derecho en la universidad capitalina. Sus residencias respectivas se convirtieron en cenáculos, cuando no en palenques para defenderse u observar el mundo exterior.

Pese a esa zona de confluencias, ambas figuras no se prodigaron ninguna amistad, quedando sus relaciones incluso al margen del intercambio epistolar. ¿Por qué? “No tengo idea. No me ha interesado indagar sobre ese aspecto más allá”, responde Torres Ruisánchez.

De tal manera, las breves relaciones se limitan a juicios paralelos, no sin contradicciones irresueltas, y La Habana fue lo suficientemente grande para no tenerlos nunca cara a cara.

Cuando la novela Jardín fue publicada en 1951, Lezama no tardó en calificarla de demodé. ¿Fue una ligereza, desde la perspectiva de una rápida y desganada lectura? Un cuarto de siglo después, según su amigo, el padre Angel Gaztelu, fue este el último libro que el escritor leyó. De tal revisión surgieron unas elogiosas valoraciones.

“Las obras que están hechas para resistir el tiempo son diversas y van sumando como misteriosas arenas. Al llevar la vida a su Jardín, usted lo ha convertido en un arquetipo, una de esas esencias platónicas que no sólo vencen al tiempo sino que éste se vuelve su olvido y le va regalando nuevos misterios y funciones. Lo que sí siento es no haberla conocido antes, pues su vida aparece en su obra con toda la seducción que apuntan la gracia y una manera delicada de acercarse a los que nos rodean como si fueran un misterio que se nos entrega y que al mismo tiempo permanece sellado. Usted ha creado lo que pudiéramos llamar el tiempo del jardín, allí donde toda la vida acude como un cristal que envuelve a las cosas y las presiona y sacraliza.”

La Loynaz, por su parte, de acuerdo con uno de sus biógrafos y amigos, Aldo Martínez Malo, reparó más de una vez en la gran novela lezamiana. Asegura que la escritora “releyó Paradiso” y llegó a afirmar que “está en mis antípodas”, pero su autor “ es un genio muy cubano”.

Sin embargo, Alberto Ruy testifica que durante su visita a la Loynaz en los años noventa, la poeta confesó ante un grupo de admiradores: “No he leído Paradiso. Sinceramente yo he leído muy poco. Comencé a perder visión desde hace muchos años, y lo primero que me aconsejaron los médicos fue que suprimiera tanta lectura”.

 

La Habana, 13-Nov-2010 11:29 AM