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Sr.
Director de The Evening Post.
Señor:
Ruego a usted que me permita referirme en sus columnas a la
ofensiva crítica de los cubanos publicada en The Manufacturer
de Filadelfia, y reproducida con aprobación en su número
de ayer.
No es este el momento de discutir
el asunto de la anexión de Cuba. Es probable que ningún
cubano que tenga en algo su decoro desee ver su país
unido a otro donde los que guían la opinión
comparten respecto a él las preocupaciones sólo
excusables a la política fanfarrona o la desordenada
ignorancia. Ningún cubano honrado se humillará
hasta verse recibido como un apestado moral, por el mero valor
de su tierra, en un pueblo que niega su capacidad, insulta
su virtud y desprecia su carácter. Hay cubanos que
por móviles respetables, por una admiración
ardiente al progreso y la libertad, por el presentimiento
de sus propias fuerzas en mejores condiciones políticas,
por el desdichado desconocimiento de la historia y tendencias
de la anexión, desearían ver la Isla ligada
a los Estados Unidos. Pero los que han peleado en la guerra,
y han aprendido en los destierros; los que han levantado,
con el trabajo de las manos y la mente, un hogar virtuoso
en el corazón de un pueblo hostil; los que por su mérito
reconocido como científicos y comerciantes, como empresarios
e ingenieros, como maestros, abogados, artistas, periodistas,
oradores y poetas, como hombres de inteligencia viva y actividad
poco común, se ven honrados dondequiera que ha habido
ocasión para desplegar sus cualidades, y justicia para
entenderlos; los que, con sus elementos menos preparados,
fundaron una ciudad de trabajadores donde los Estados Unidos
no tenían antes más que unas cuantas casuchas
en un islote desierto; esos, más numerosos que los
otros, no desean la anexión de Cuba a los Estados Unidos.
No la necesitan. Admiran esta nación, la más
grande de cuantas erigió jamás la libertad;
pero desconfían de loe elementos funestos que, como
gusanos en la sangre, han comenzado en esta República
portentosa su obra de destrucción. Han hecho de los
héroes de este país sus propios héroes,
y anhelan el éxito definitivo de la Unión Norte-Americana,
como la gloria mayor de la humanidad; pero no pueden creer
honradamente que el individualismo excesivo, la adoración
de la riqueza, y el júbilo prolongado de una victoria
terrible, estén preparando a los Estados Unidos para
ser la nación típica de la libertad, donde no
de haber opinión basada en el apetito inmoderado de
poder, ni adquisición o triunfos contrarios a la bondad
y a la justicia. Amamos a la patria de Lincoln, tanto como
tememos a la patria de Cutting.
No somos los cubanos ese pueblo de vagabundos míseros
o pigmeos inmorales que a The Manufacturer le place describir;
ni el país de inútiles verbosos, incapaces de
acción, enemigos del trabajo recio, que, junto con
los demás pueblos de la América española,
suelen pintar viajeros soberbios y escritores. Hemos sufrido
impacientes bajo la tiranía; hemos peleado como hombres,
y algunas veces como gigantes, para ser libres; estamos atravesando
aquel período de reposo turbulento, lleno de gérmenes
de revuelta, que sigue naturalmente a un período de
acción excesiva y desgraciada; tenemos que batallar
como vencidos contra un opresor que nos priva de medios de
vivir, y favorece, en la capital hermosa que visita el extranjero,
y en el interior del país, donde la presa se escapa
de su garra, el imperio de una corrupción tal que llegue
a envenenarnos en la sangre las fuerzas necesarias para conquistar
la libertad. Merecemos en la hora de nuestro infortunio, el
respeto de los que no nos ayudaron cuando quisimos sacudirlo.
(...)
Acaba The Manufacturer diciendo "que nuestra falta de
fuerza viril y de respeto propio está demostrada por
la apatía con que nos hemos sometido durante tanto
tiempo a la opresión española", y "nuestras
mismas tentativas de rebelión han sido tan infelizmente
ineficaces, que apenas se levantan un poco de la dignidad
de una farsa". Nunca se ha desplegado ignorancia mayor
de la historia y el carácter que en esta ligerísima
aseveración. Es preciso recordar, para no contestarla
con amargura, que más de un americano derramó
su sangre a nuestro lado en una guerra que otro americano
había de llamar "una farsa". ¡Una farsa,
la guerra que ha sido comparada por los observadores extranjeros
a una epopeya, el alzamiento de todo un pueblo, el abandono
voluntario de la riqueza, la abolición de la esclavitud
en nuestro primer momento de la libertad, el incendio de nuestras
ciudades con nuestras propias manos, la creación de
pueblos y fábricas en los bosques vírgenes,
el vestir a nuestras mujeres con los tejidos de los árboles,
el tener a raya, en diez años de esa vida, a un adversario
poderoso, que perdió doscientos mil hombres a manos
de un pequeño ejército de patriotas, sin más
ayuda que la naturaleza! Nosotros no teníamos hessianos
ni franceses, ni Lafayette o Steuben, ni rivalidades de rey
que nos ayudaran: nosotros no teníamos más que
un vecino que "extendió los límites de
su poder y obró contra la voluntad del pueblo"
para favorecer a los enemigos de aquellos que peleaban por
la misma carta de libertad en que él fundó su
independencia: nosotros caímos víctimas de las
mismas pasiones que hubieran causado la caída de los
Trece Estados, a no haberlos unido el éxito, mientras
que a nosotros nos debilitó la demora, no demora causada
por la cobardía, sino por nuestro horror a la sangre,
que en los primeros meses de la lucha permitió al enemigo
tomar ventaja irreparable, y por una confianza infantil en
la ayuda cierta de los Estados Unidos: "¡No han
de vernos morir por la libertad a sus propias puertas sin
alzar una mano o decir una palabra para dar un nuevo pueblo
libre al mundo!" Extendieron "los límites
de su poder en deferencia a España". No alzaron
la mano. No dijeron la palabra.
La lucha no ha cesado. Los desterrados no quieren volver.
La nueva generación es digna de sus padres. Centenares
de hombres han muerto después de la guerra en el misterio
de las prisiones. Sólo con la vida cesará entre
nosotros la batalla por la libertad. Y es la verdad triste
que nuestros esfuerzos se habrían, en toda probabilidad,
renovado con éxito, a no haber sido, en algunos de
nosotros, por la esperanza poco viril de los anexionistas,
de obtener libertad sin pagarla a su precio, y por el temor
justo de otros, de que nuestros muertos, nuestras memorias
sagradas, nuestras ruinas empapadas en sangre, no vinieran
a ser más que el abono del suelo para el crecimiento
de una planta extranjera, o la ocasión de una burla
para The Manufacturer de Filadelfia.
Soy de usted, señor Director, servidor atento.
José Martí
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