Desde
muy joven vistió José Martí un
traje negro. Sin saber el motivo, un matrimonio amigo
le obsequió una corbata de vivos colores, entre
los que predominaba el rojo. Delicadamente, Martí
la rechazó a la vez que les explicaba el por
qué. Aquel traje negro era el luto por la patria
esclavizada.
Pero aquel traje con el que lo vemos en tantas fotos
de su iconografía, estaba raído en el
cuello y en los puños. Bien cepillado y limpio,
el traje llamaba la atención de los colaboradores
y amigos, por su avanzado deterioro.
Ocurrió así en uno de sus frecuentes viajes
a Cayo Hueso. Tomaron el acuerdo de hacer una colecta
para que con su producto, él comprase un traje
nuevo. Recaudaron noventa pesos, bastantes para que
él pudiera adquirir su nueva vestimenta. Se presentaba
un problema. Decírselo al Maestro. Uno de ellos
lo hizo y le entregó al Apóstol lo recaudado.
Lejos de molestarse ni verlo como falta de respeto,
recibió en sus manos el sobre con dinero y sonriente,
preguntó: -Entonces, ¿esto es ya de José
Martí?
Los amigos se lo ratificaron.
El, casi soltó la carcajada: Es decir que noventa
pesos. Ahora, mis queridos amigos, quiero pedirles un
favor. Intrigados, los amigos, quisieron saber de que
se trataba. No esperó mucho Martí para
sacarlos de dudas:
Busquen a tres familias de
emigrados, cuya situación material no sea la
mejor… a cada una, le darán treinta pesos.
Siguió Martí
con su traje negro, raído. Mas en el año
1894, intensa fue su actividad y el deterioro fue mucho
más en su terno: viajes a Tampa, Cayo Hueso y
otras ciudades de la Florida, reuniones con la emigración
honrada y patriótica. El viaje con Panchito Gómez
Toro a ver a Maceo a Costa Rica, su visita a Porfirio
Díaz en México, los avatares de Fernandina.
En febrero del 95 fue a Montecristi, dispuesto a venir
a la guerra de Cuba con Máximo Gómez,
que tenia la opinión de que Martí debía
a volver a Nueva York , donde estimaba que su trabajo
de organización resultaría mas útil.
El apóstol argumentaba que, por lo menos en una
batalla debía participar. Era la forma de silenciar
a los que decían que él era un soñador
lírico, que no conocía el olor de la pólvora,
un Capitán Araña que convocaba a los cubanos
a la guerra, sin arriesgar su vida.
Máximo Gómez se convenció de que
Martí debía estar en Cuba cuando ya comenzada
la guerra, el patriota cubano Fernando Figueredo Socarrás,
residente en el Cayo, declaró al The NY Herald
que Martí y Gómez estaban en Cuba encabezando
la lucha por la independencia. En Santo Domingo, el
Listín Diario reprodujo la información.
Convencido el General en Jefe
de la necesidad del viaje de Martí al teatro
de operaciones en la manigua cubana, le hizo notar al
delegado que debía cambiar su indumentaria.
Y lo llevó a la casa
del sastre Ramón Antonio Almonte, vecino suyo
en la calle de Núñez de Cáceres,
en Montecristi. Almonte, centímetro en mano,
tomó las medidas de Martí y las escribió
en su libreta. Burlón mientras el sastre anotaba,
Gómez, con fino humor le decía:
-saque el pecho, Martí,
para que su elegancia no sufra menoscabo- Martí
se reía. En muy breve tiempo, Almonte, le confeccionó
al Apóstol, una típica chamarra dominicana.
Ya en Cuba, al escribirle
a Carmen Miyares y a sus hijas María Mantilla
y Carmita, les dijo de su nueva vestimenta: -Y mi traje.
Pues pantalón y chamarreta azul, sombrero negro
y alpargatas.
La Habana, 16 - febrero -
2010
|