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Por
Jesús Dueñas Becerra
Psicólogo, crítico y periodista
“La vida es inspiración,
fraternidad, estímulo, virtud”
José Martí
Con
apoyo en sólidos argumentos aportados por la
ciencia psicológica y en mi (todavía insuficiente)
conocimiento de la vida y la obra de José Martí,
refutaré los planteamientos sobre el supuesto
suicidio del Apóstol que aparecen en el libro
“Los seis grandes errores de Martí”,
del doctor Daniel Román. La motivación
fundamental del también psicólogo clínico,
historiador, teólogo y periodista cubanoamericano
para escribir esa obra fue el hecho “categórico”
de que “Martí se suicidó el 19 de
mayo de 1895 al ofrecer deliberadamente su pecho a las
balas españolas…”.
Si bien el profesor Paul Estrade,
catedrático de la Universidad de Paris VIII,
en un artículo publicado en las páginas
de la Revista de la Biblioteca Nacional José
Martí impugnó con pruebas irrebatibles
las endebles afirmaciones del doctor Román, como
profesional de la salud mental y de la prensa, estoy
en la obligación ética de participar en
esa polémica, porque, al decir del Apóstol,
vivimos “en tiempos de diálogo civilizado”.
Ante todo, habría que precisar
qué es el suicidio y cuáles son los móviles
que mueven a una persona a privarse de la vida, definida
por el Maestro como “sutil, complicada y ordenada,
aunque parezca brusca, simple y desordenada…”.
Para el fundador del periódico Patria, “la
vida es una agrupación lenta y un encadenamiento
maravilloso…, un extraordinario producto artístico”.
La literatura científico-médica
define el suicidio, autoquiria u “homicidio por
sí mismo como un acto paradójico, una
monstruosidad biológica, un crimen contra natura,
ya que es la negación del instinto de conservación,
lo que permite prever, por lo tanto, su carácter
mórbido”.
Con apoyo en esa definición,
la mayoría de los psiquiatras y psicólogos
clínicos estiman que “el suicidio es un
síntoma de alienación -o trastorno- mental.
Por supuesto, que descartaré ese punto de vista…
por razones obvias: el Héroe Nacional cubano
NO padecía afección mental alguna. Sólo
cultivó el amor y el perdón, y si como
Hombre (con mayúscula) tenía virtudes,
defectos, inconsistencias, debilidades y necesidades,
el componente espiritual de su inconsciente era un jardín
donde crecían hermosas flores, cuyo cálido
perfume acariciaba el intelecto y el alma del eterno
poeta de la patria grande latinoamericana, así
como de amigos sinceros y enemigos dignos. “Banquete
espiritual” vedado, no obstante, a los roedores
de la inteligencia y el talento ajenos.
Para los psicólogos con orientación
ético-humanista, la conducta suicida está
íntimamente vinculada con la pérdida de
la fe en nosotros mismos y en los demás, la desesperanza
y la falta de amor a sí mismo y al otro.
La persona sana es aquélla
que se estima, se apoya a sí misma, se reconoce
y se realiza; si no puede hacerlo, es que algo está
herido en ella, lo que podría constituir -y de
hecho lo es- el embrión de la angustia, la depresión,
la auto-agresión y las ideas suicidas. He ahí,
en el “yo” herido y en la incapacidad para
amar al “otro”, que encontramos las motivaciones
profundas de la conducta autodestructiva.
De acuerdo con esa línea de
pensamiento psicológico, nuestro desarrollo personal
sufre de crisis ante las cuales podemos adoptar diferentes
actitudes; ahora bien, el suicida sólo elige
un camino, percibe una única opción: se
hunde en la desesperación, en el vacío,
en la amargura; por consiguiente, su vida pierde sentido
desde la óptica existencial.
La persona madura, con un yo intransferible,
nutrido, aceptado, realizado, construido, además
de elevarse por encima de sus dificultades, darle sentido
a su vida, crecer y superarse, ha interiorizado el principio
de que “es posible crear la luz, el sonido y el
orden interno dentro de nosotros, sin importar qué
calamidad pueda sobrevenirnos en el mundo exterior.
Por último, el suicida, con
un “yo” catastrófico, disminuido,
anulado, es -sin ningún género de duda-
un individuo que cree haber perdido los valores humanos
y espirituales que lo caracterizan como persona; en
consecuencia, se siente acorralado y desesperado y la
única salida a su “cataclismo” existencial
es privarse de la vida, el don más preciado del
ser humano.
Para ningún estudioso de la
vida y la obra de Martí es un secreto que el
Apóstol fue, según Jorge Mañach,
un hombre signado por la incomprensión: Don Mariano
Martí y Doña Leonor Pérez NO entendieron
(ulteriormente sí), por qué su primogénito,
desde la más tierna adolescencia, se había
entregado en cuerpo, mente y espíritu a la causa
independentista. Carmen Zayas-Bazán NO comprendió
que la libertad de Cuba era la misión más
importante que su amantísimo esposo debía
cumplir en la tierra. Algunos generales del Ejército
Libertador NO compartieron sus criterios sobre cómo
llevar a cabo la Guerra Necesaria.
Si los genes del Maestro hubiesen
tenido predisposición al suicidio, cualesquiera
de esas incomprensiones (y muchas más…,
imposibles de reseñar aquí), hubieran
desempeñado la función de factor detonante
para lanzarlo a los brazos de la muerte…, que
es “seguir viaje” y “novia amable”
que se debe esperar con un beso.
Ahora bien, ¿qué armas
psicológicas y espirituales empuñó
Martí para seguir viviendo… hasta echar
a andar la obra cumbre a la que dedicara su infatigable
energía y su más tierno afecto?
En mi modesta opinión, los
vocablos resiliencia y espiritualidad responden con
creces esa interrogante…, pero no es posible,
en modo alguno, establecer la relación entre
resiliencia y espiritualidad sin antes explicar su definición
conceptual.
La resiliencia es la capacidad de
afrontar positivamente las adversidades y seguir adelante,
mientras que la espiritualidad es el “conjunto
de acciones que el hombre realiza y que le dan pleno
sentido a su vida”.
La resiliencia es una cualidad del
carácter que toda persona necesita desarrollar,
porque ningún ser humano puede evitar los traspiés
que la vida le pone delante, pero sí poseer la
entereza mínima indispensable para levantarse
de nuevo… cada vez que resbala y cae.
El poder “mágico”
de la resiliencia reside, fundamentalmente, en el hecho
de que es expresión de voluntad, de firmeza de
carácter y de decisión propia, porque
la persona con ese atributo se estima, se apoya a sí
misma, se reconoce y se realiza.
La resiliencia sólo puede
ser eficaz cuando se nutre de la espiritualidad, porque
la espiritualidad alimenta a la resiliencia y ambas
integran una unidad indisoluble.
La persona con esa cualidad caracterológica
supera todos los momentos difíciles y les da
a los problemas el valor intrínseco que tienen,
para sobreponerse y salir adelante, porque luchar contra
las dificultades y conquistarlas es la forma más
sublime de la felicidad humana.
Por otra parte, despliega la suficiente
energía física, psíquica y espiritual
para vencer cualquier adversidad, porque está
consciente de que el éxito sólo depende
de cómo se afronten los acontecimientos, no de
la naturaleza de los acontecimientos en sí.
La resiliencia enseña a la
persona a no dejarse “esclavizar” por las
riquezas materiales y prestarles mucha más atención
a los valores éticos, humanos y espirituales;
con otras palabras, a descubrir la luz que brilla en
su mundo interior y en el yo del otro.
La mejor caracterización del
término resiliencia se debe al genio martiano:
“el hombre es un magnífico combatiente,
lanzado a la tierra, armado de todas armas, a la conquista
de sí mismo”.
Si fuera necesario calzar esas cualidades
con alguna otra NO vacilaría en acudir a la fe,
concebida por Martí como la necesidad espiritual
de creer “en la existencia superior…, en
el inmenso poder divino, que consuela…, en el
amor que salva y une…, en la vida que empieza
con la muerte”.
Para el poeta y ensayista Cintio
Vitier afirmar que el Apóstol se suicidó
en Dos Ríos es un “gran disparate, que
entraña un desconocimiento proverbial de las
más profundas convicciones -tanto éticas
como patrióticas- que llevaron a José
Martí a morir de cara al sol por la libertad
de Cuba …”, para evitar a tiempo que la
voracidad imperial cayera sobre los países de
Nuestra América y los despojara de sus riquezas
naturales y culturales… como históricamente
ha venido haciendo.
Si el autor de “Los seis grandes
errores de Martí” albergara alguna duda
al respecto, lo invito a leer, con los ojos del alma
(los que saben ver), el libro “Martí y
la ciencia del espíritu”, obra de obligada
consulta para quienes amamos la Psicología como
disciplina científica por excelencia y la ejercemos
como noble profesión, fuente inagotable de ética,
humanismo y espiritualidad.
Aquí concluye mi discrepancia
con el doctor Daniel Román, a quien me agradaría
recordarle que “la discusión científica
no es un conflicto subjetivo entre personas, sino una
confrontación de hechos objetivos”.
La Habana (27– marzo
– 2010)
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