Por
Yohanna Díaz Vega
Estudiante de Periodismo
Es
plena mañana en Cuba y en el patio de la escuela
primaria Hermanas Giral , en La Habana, una docena de
alegres pequeñines colocan rosas blancas en el
busto de José Martí. Desde el silencio
de la piedra el Héroe Nacional los mira complacido.
Al hablar de José Martí casi siempre hablamos
del gran pensador, poeta, periodista, y patriota que
fue. Sin embargo el Apóstol cubano fue también
un padre amoroso para todos los niños de Latinoamérica.
Para los niños trabajamos, decía Martí
en el Prólogo de la Edad de Oro, porque los niños
son los que saben querer, porque los niños son
la esperanza del mundo.
Por ello Martí dedicó a los infantes lo
más tierno e instructivo de su obra.
Así, tanto las líneas de la Edad de Oro
como los versos de Ismaelillo nos revelan a un padre
bueno que educa a sus hijos para que sean “hombres
que digan lo que piensan, y lo digan bien: hombres elocuentes
y sinceros”.
En ambas obras Martí conversa y canta con cariño
a sus pequeñuelos y desborda cada una de sus
enseñanzas con ternura.
De allí que al conmemorarse este año el
157 aniversario de su natalicio, miles de niños,
en Cuba y en todo el mundo, recuerdan al Apóstol
cubano.
Y con esa inocencia feliz de “príncipes
enanos”, como los llamara el propio Martí,
ofrendan, desde sus corazones, una rosa blanca al Maestro.
La Habana, 27-Ene-2010, 4:36 PM
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