Por
Jesús Dueñas Becerra
Crítico y periodista El
licor de risas, laxa
José Martí.
José Martí es
conocido -a escala universal- como poeta, escritor,
periodista, pensador, político, diplomático,
y uno de los artífices principales en la preparación
y organización de la Guerra Necesaria para liberar
a Cuba del colonialismo español y de las incipientes
garras imperiales del poderoso vecino norteño.
Sin embargo, hay una faceta de la carismática
personalidad del Apóstol poco explorada y mucho
menos divulgada: «él sabía reir
con ganas cada vez que se prestaba la ocasión
propicia». 1
Si bien en su vastísima obra poético-literaria
y periodística, no utilizó jamás
el humorismo, ya que, al decir del doctor Jorge Mañach,
uno de sus biógrafos más eminentes, «la
palabra era el instrumento [idóneo] que usaba
en la sagrada función de servir y defender la
patria» 2 por la que ofrendó su preciosa
vida en Dos Ríos.
Esa consagración en cuerpo, mente y espíritu
a lo que consideraba su principal misión en la
tierra, estoy seguro de que no era óbice para
que el fundador del periódico Patria valorara
el humor, la risa natural -no artificial- como un excelente
medicamento para mantener el equilibrio bio-psico-socio-cultural
y espiritual en que se estructura la salud humana.
Por otra parte, no debemos olvidar -en modo alguno-
que José Martí es, junto al presbítero
Félix Varela y Don Enrique José Varona,
uno de los padres de la caribeña ciencia del
espíritu. De ahí, que estuviera consciente
de que la risa espontánea es una señal
que llega al sistema nervioso central y le indica al
órgano rector de nuestra economía que
todo marcha sobre ruedas y de que no hay motivo alguno
para preocuparse o inquietarse.
El más universal de los cubanos percibía
-sin ningún género de duda- el efecto
terapéutico de la risa sana, que estremece silenciosamente
el esquema corporal, favorece el bienestar propio y
ajeno, expresa la pulcritud de la mente y el alma y
torna transparente el espíritu humano.
De acuerdo con la periodista santiaguera, Isabel A.
Hernández Cuéllar, «pocas cosas
hay que mejor revelen la personalidad y el carácter
de una persona que su sentido del humor», 3 y
el Maestro era un joven de genio alegre, según
lo evoca Blanche Z. de Baralt, mientras que, para la
ciencia psicológica con orientación ético-humanista,
si el sentido del humor «está bien desarrollado,
suele ir aparejado a una personalidad equilibrada».
4
No creo que exista duda alguna acerca del equilibrio
bio-psico-socio-cultural y espiritual en que se estructurada
la recia, pero sensible personalidad del genial poeta
de la patria grande latinoamericana: «ni la prisión
escarnecedora, ni el exilio, ni la separación
de los seres más amados, ni discrepancias, traiciones
o fracasos lo apartaron jamás de la senda libertaria
que se había trazado. No permitió que
el odio embargara su alma; por el contrario, solo nos
dejó mensajes de amor y esperanza». 5
Por lo tanto, la sonrisa del mayor general del Ejército
Libertador nos transmite un mensaje vivificante: “por
muchos que sean los abrojos del camino, por punzantes
que sean las saetas de la discriminación y la
traición, no perdamos la fe en la bondad del
hombre” 6 ni en el poder sanador de la risa, aun
en las más adversas u hostiles circunstancias.
Notas
1. Hernández Cuéllar, Isabel A. La sonrisa
del maestro. Viña Joven (Santiago de Cuba). 4
(19); enero-febrero, 2004: pp. [25]-27.
2. Ídem.
3. Ídem.
4. Ídem.
5. Ídem.
6. Ídem.
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