| Uno
de los más profundos afectos de José Martí
fueron los lazos filiales que estableció con
María Mantilla y Miyares, su "Maricusa",
aquella niña que bautizó en enero de 1881,
antes de partir hacia Venezuela.
Era la pequeñuela a la que le había dejado,
como tesoro, su biblioteca, organizado un plan de estudio
y de trabajo, para ella y para su hermana Carmita, y
la voluntad de crear una escuela; a quien, en los momentos
previos a la guerra, le orientaba en el arte de la traducción
y de la enseñanza.
En una misiva a la adolescente, en fecha tan simbólica
como el 25 de marzo de 1895, día en el que firmara
el Manifiesto de Montecristi, Martí expresó
: "Pongan la escuela. No tengo qué mandarles-más
que los brazos. Y un gran beso...".
Ese grado del afecto nos los dio cuando escribió
a la muchacha de 14 años, desde Cabo Haitiano,
en 1895, con cierta dosis de ingenuidad: "voy dentro
de esta carta a darte un abrazo...".
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