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Por
Yolanda Díaz
Periodista de la Agencia de Información Nacional
Cuando
el 19 de mayo de 1895 caía en acción de
guerra José Martí, escribía Máximo
Gómez en su Diario (...) al lado de un instante
de ligero placer, aparece otro de amarguísimo
dolor .
Esas palabras resumen no solo la
cotidianidad de toda contienda: hoy se puede estar vivo,
pero mañana se puede morir; sino también
el reconocimiento a quien se puso al servicio de la
Patria organizando el proceso emancipador iniciado el
24 de febrero.
Martí había analizado
las acciones iniciadas el 10 de octubre de 1868, y el
estudio de aquel proceso y las interpretaciones extraídas
de sus aciertos y fracasos, le permitieron comprender
sobre qué bases debía iniciarse la nueva
lucha y cuáles pasos debían darse en la
preparación del nuevo alzamiento.
Su prédica en territorio norteamericano
resultó un eslabón fundamental en el nuevo
proceso. El centro de sus más elocuentes discursos
se encaminó a lograr la necesaria unidad entre
los combatientes de contiendas anteriores, así
como hacer renacer la confianza en quienes desalentados
por los fracasos se sentían escépticos.
También dedicó un importante
tiempo a recaudar fondos que permitieran adquirir lo
más elemental para la lucha, así como
atraer a los llamados pinos nuevos para que, de común
acuerdo con los más experimentados, participaran
en la futura lucha.
Como la mayor parte de los oficiales
que lideraron aquella guerra, también él
se encontraba fuera cuando se produjo el inicio de la
lucha, y no sería hasta el mes de abril cuando
acompañado por Máximo Gómez arribó
a territorio cubano por la zona de Playitas.
La mejor forma de ilustrar aquel
momento lo expresan las palabras que en su Diario escribió:
Rumbo al abra. La luna asoma, roja, bajo una nube. Arribamos
a una playa de piedras. La Playita (al pie de Cajobabo.
Me quedo en el bote el último vaciándolo..
Salto. Dicha grande .
Durante el tiempo que medió
entre su arribo y el deceso se mantuvo con Gómez.
Después de la reunión en La Mejorana ambos
continuaron camino hacia el Cauto y el Contramaestre,
en busca de Bartolomé Masó y en ruta de
aproximación hacia Camagüey.
El 17 de mayo, ya en las proximidades
del Contramaestre, montaron campamento. El día
de la muerte de Martí había llegado a
Dos Ríos una tropa española de 800 hombres
encabezada por el coronel José Ximénez
de Sandoval, quien conocedor de la existencia de mambises
allí, había salido en su búsqueda.
Delatada la ubicación de los
cubanos por un campesino, los soldados españoles
lograron llegar casi hasta el campamento, pero fueron
detectados por un pequeño destacamento insurrecto
que al repelerlos permitió la alerta del resto
de la tropa.
Iniciada la acción, comprendió
Gómez la compleja situación dado el buen
posesionamiento del terreno por parte del enemigo, así
como por su ventaja de fuego.
El general Gómez instruyó
a Martí -quien galopaba a su lado- para que regresara
a la retaguardia, orden que desobedeció empeñado
en estar cerca de la lucha. Él había exhortado
a la tropa a combatir hasta la muerte por la conquista
de la Patria libre ¿cómo iba a estar lejos
de las balas?
Aun cuando el Apóstol tuviera
conciencia de lo que su vida representaba para la Revolución,
-de ahí la necesidad de su preservación-,
también consideraba que estar en el campo de
batalla era un deber moral. Para el Héroe Nacional
la muerte constituía el riesgo normal que corrían
quienes habían elegido el camino de la lucha.
Con esa premisa se lanzó al
combate, prácticamente frente a la infantería
española; tres disparos hicieron blanco en su
cuerpo, las riendas de su caballo se soltaron de las
manos y cayó como siempre lo quiso, de cara al
sol, anegando con su sangre la tierra cubana.
Había acontecido la
catástrofe de Dos Ríos, Martí estaba
muerto. No pudo evitarlo Gómez, quien tampoco
logró rescatar su cuerpo que, como trofeo de
guerra, cayó en manos españolas, solo
le restaría escribir en su Diario de Campaña:
"Ya nos falta el mejor de los compañeros
y el alma, podemos decir del levantamiento ".
La Habana, 19 de mayo de
2011
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